
Ayer me desperté con un ataque de fibromialgia. Me diagnosticaron la enfermedad hace unos años, incluso antes de abrir mi primer blog, que funcionó casi como un diario íntimo público aunque sin lectores (salvo por un fanático que comentaba cada una de mis entradas sólo para criticarme, ey, Juan Martín, I´m back), pero nunca me decidí a visitar al médico correspondiente. Al parecer, según lo que leí en Internet, no tiene cura. Básicamente, funciona como una contractura pero en un nivel más profundo, digamos, es como si las fibras de los músculos se estrujaran de la misma manera que uno estruja un trapo de piso para que no chorree. Bueno, eso es lo que pasa con las fibras de los músculos. A mí me da ganas de arrancarme, por ejemplo, la espalda y meterla adentro de una trituradora de carne, igual que en The Wall. Como no puedo y tampoco me animo, entonces, envuelvo un martillo en una gamuza (franela le dice la mayoría de la gente, pero a mí me suena mal) y me paso el día golpeando(me). No es masoquismo. Dicen que las vibraciones provocan algo con el ácido láctico que alivia el dolor. El problema es que, cuando tenés que entregar una nota, a tu editor le importa muy poco tu estado de salud. Y uno, entonces, hace lo que puede, escribe desde la cama, saca la notebook al balcón, la lleva al living, se sienta en el piso, intenta escribir con los pies, fuma con los dedos nerviosos... pero nada, nada de eso resulta. Mientras tanto, temo lo peor: no llegar a tiempo con la fecha de entrega y que, entonces, no me llamen nunca más. Porque el periodismo es así, si no soy efectiva, tengo veinte tipos detrás que hacen el laburo, incluso, por menos plata y sin fibromialgia. Necesito terapia, necesito un espacio de distensión, un lugar en el que pueda martillarme la espalda sin que la gente diga uy qué horror.
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